CUENTOS, MITOS Y LEYENDAS DE SOTAQUÍ

IV PARTE 

 

 


EL LAZARETO A LOS PIES DEL CERRO REDONDO  (historia y cuentos locales)


A fines del siglo XIX y principios del siglo XX, el país fue afectado por una fuerte epidemia de viruela y tuberculosis. En Sotaquí, estas pestes afectaron a muchas personas; muchas de ellas fallecieron en el lugar de cuarentena llamado Lazareto, el que se encontraba ubicado a los pies del cerro Redondo. Prueba de esto son las excavaciones y minas aterradas a los pies de este cerro, donde eran sepultados las personas que sucumbían a estas enfermedades.

Para no contagiarse, los familiares del enfermo le dejaban las provisiones, medicinas y alimentos a una cierta distancia del Lazareto.

Una vez que el descubrimiento de la vacuna para la viruela, y de la penicilina para la TBC, estuvieron al alcance de las personas enfermas, la autoridad sanitaria de la época ordenó la clausura definitiva del Lazareto. A su vez, las excavaciones y la vieja mina de cobre a los pies del cerro Redondo, que servían de cementerio fueron aterrados. 

Esa es la historia real, pero veamos que nos cuentan las leyendas, según la narración de algunos sotaquinos;

“Yo era nochero en el sector de la Quebrada, justo donde están las compuertas de evacuación. Mi labor era cuidar los materiales quedaban (cemento, fierro, etc.). Tenía como refugio una precaria garita, el viento entraba por todos lados, así que, daba lo mismo estar dentro de la garita o a fuera.

Por las noches, encendía fuego para poner el tacho y tomar tecito, ahí me quedaba cerca de la hoguera abrigándome en las noches de ese invierno con una frazada a la espalda, una lámpara y un garrote de fierro por si llegaba algún amigo de lo ajeno.
A veces, me quedaba dormido, y debes en cuando pasaba un jefe y me despertaba, siempre haciendo alguna broma, como si fueran ladrones que estaban robando cemento o fierros. Pero otras veces, no era así, sentía voces de muchas personas que por lo general eran murmullos y quejidos como de mucho dolor y otras eran fuertes tosidos. Así que me ponía recorrer la berma alumbrando y gritando ¿Quién anda ahí?, pero nadie contestaba.”


Otra historia es la de Raúl Michea, que vivía en la parte alta de la quebrada Grande, narro lo siguiente;

“Cuando se me hacia la noche por quedarme tomando unas maltitas donde don Tomacito o donde la Charito, a veces me iba curao pa’ la casa muy tarde, así que seguía derecho el camino hasta llegar al canal y no bajaba a la quebrada, na’ tonto yo, me podía sacar la cresta por la quebrada, eso hacia sano no más.

Varias veces al otro lado del canal, veía gente y sentía que me llamaban, pero no les entendía mucho lo que me gritaban, -quizás me invitaban a tomar otro traguito o me invitan para llevarme al mismo infierno por tomador que soy”.

EL FANTASMA DE LA LINEA DEL TREN

Por el sector de la línea del tren, entre la Quebrada de doña Rosa y la Estación de Ferrocarriles, después que pasaba el tren de la medianoche, por un largo tiempo solía verse un fantasma completamente de blanco, de gran volumen y estatura, que caminaba en forma lerda y lenta entre los rieles. Este hecho mantuvo muy preocupado y atemorizado a todo el pueblo, por un largo tiempo nadie se atrevía a salir de sus casas a altas horas de madrugada.

Pero el fantasma de la línea no contaba con la valentía y la astucia de una mujer de armas tomar y escéptica, que se propuso desenmascarar al espectro o a quién estuviese detrás de todo esto.
Una noche, esta vieja mujer, montada a caballo y oculta detrás de un gran pimiento que había en el lugar, esperó expectante la llegada del fantasma. Apenas apareció éste caminando por la línea férrea, atrincó su caballo y lo enfrentó decididamente, haciendo volar de un chicotazo una sábana blanca que cubría a una joven mujer con un paraguas en sus manos.

El fantasma resultó ser una joven de una prestigiosa familia, la que de noche se escapaba de su casa para visitar a su enamorado, quien resultó ser un carruncho de ferrocarriles que vivía en la casa que está al costado norte de la estación. La joven, al ser descubierta, le suplicó a la vieja mujer que no le contará nada a sus padres, ya que ellos no aprobaban esta relación sentimental; ésta última comprendió la complicada situación de la joven y le prometió que así lo haría; más aún, que no contaría a nadie la verdad.

La vieja mujer cumplió solo en parte su promesa, porque comentó el episodio con todo el pueblo; pero nunca dijo el verdadero nombre de la joven, ya que se refería a ella con el apodo de “la come riel".


LA LEYENDA DEL CURA SIN CABEZA 

El cura sin cabeza suele aparecerse a aquellos parroquianos que en los meses de invierno suelen vagar a altas horas de madrugada cerca de la plaza del pueblo. Este espectro con sotana camina por la acera de la casa parroquial, espantando a todo aquel que se encuentre en su camino.

Una noche en que un joven caminaba por el sector de la plaza, después de haberse despedido de su amada, cuando encendía un cigarro frente a la puerta de la iglesia se le apareció el cura sin cabeza. El susto fue tan grande que no se acordó ni siquiera del Ave María Purísima. Lleno de espanto corrió por la calle Francisco Bilbao y entró precipitadamente a una cantina, contándoles a los parroquianos lo que le había sucedido. Algunos valientes, con un poco de alcohol en sus cuerpos, decidieron ir a verificar el suceso, encontrándose con este fantasma, que luego de dirigirse hacia ellos se convirtió en un enorme perro negro, con largas cadenas, que los persiguió por las calles de pueblo. Se cuenta que muchas personas en sus hogares sintieron este gran alboroto y ruido de cadenas, y que por las ventanas vieron cómo algunos hombres corrían con gran desesperación.

LA CARROZA FANTASMA 

Hace como 30 años escuché esta historia de la recordada Tuca (Antonia Herrera), quien vivía en el sector de la plaza.

En las noches de invierno, cuando el pueblo se cubre de una neblina tenebrosa, es común escuchar el ruido de una carroza tirada por unos diabólicos corceles, que quiebran las piedras con sus pesadas herraduras. La carroza comienza su rodar desde el sector de la hacienda hasta la plaza, frente a la iglesia; ahí gira a la izquierda y baja por la calle que conduce a una higuera que está al borde del “canal del pueblo”, lugar donde desaparece misteriosamente.

Antiguos vecinos del sector contaban que era un ruido espeluznante el que sentían, tanto que les ponía la carne de gallina. Muchos dicen haber abierto más de alguna vez sus ventanas para ver qué producía tanto alboroto, pero jamás lograron ver nada, solo podían escuchar los relinchos de los caballos y el ruido de las pesadas ruedas de fierro.

GLOSARIO

Lazareto: Lugar donde hasta a mediados del XX, se dejaban en cuarentena a los enfermos contagiados y terminales de algunas enfermedades peligrosas, tales como,  lepra, viruela y tuberculosis, en donde muy pocos solían sobrevivir y los que lo lograban eran mirados como resucitados al igual que Lázaro.

Viruela y TBC:

1. Edward Jenner (1749-1823), médico inmunólogo inglés, inventó la vacuna antivariólica en 1796, la que usaba para tratar la viruela y que posteriormente lo llevaría a desarrollar la vacuna contra esta enfermedad.
2. Alexander Fleming (1881-1955), científico británico, descubrió el principio que dio origen a la penicilina, antibiótico que permitió tratar exitosamente la TBC hasta la invención de la vacuna.

Carruncho: Trabajador ferroviario encargo de hacer los cambios de rieles o líneas en las estaciones de trenes


Bibliografía

- Alex Ortiz Núñez,  Investigaciones y Archivo Personal.


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