CUENTOS, MITOS Y LEYENDAS DE SOTAQUÍ

V PARTE 

 

 


EL DIABLO VIAJA EN TREN 

Cierto día, en la estación de Sotaquí y a medianoche, bajó del tren de pasajeros un hombre muy extraño; vestía completamente de negro, sus zapatos eran de charol negro, muy bien cebados y puntiagudos. Bajó las escaleras de la estación y se dirigió a una casa donde velaban a un tal Mañungo, el que había fallecido a causa de beber tanto alcohol.

Estando en el domicilio del difunto, saludó a la familia y se sentó a la cabecera del ataúd, desplazando hacia un lado el crucifijo que habitualmente se instala en este mismo lugar.

Cuando las personas que acompañaban al difunto comenzaron a rezar el Santo Rosario, los interrumpió, diciéndoles que no era necesario hacer tantos rezos y les pidió a los dolientes que le trajeran un brasero con brasas para abrigarse los pies.

La gente comenzó a sentir mucho miedo de este desconocido cuando metió sus pies con zapatos y todo a las brasas del fuego; así fue como algunas personas comenzaron a murmurar que este era el mismo demonio. El miedo y el terror que se sentía en el velorio hizo que una de las personas fuera a llamar, como a las tres de la mañana, al cura párroco.

Cuando el sacerdote entró en la habitación donde velaban al difunto, el hombre se levantó muy molesto, dando vuelta el brasero y diciendo en voz alta que no era necesaria la presencia del cura, Cuando este comenzó los rezos, el extraño salió de la habitación muy enfurecido, dirigiéndose al patio de la casa, donde encendió un cigarrillo. Todos los presentes fueron testigos de esto, pero extrañamente nunca más lo vieron entrar a la casa.

Los que dicen haberlo visto por última vez aseguran que se embarcó en el tren de las cuatro de la madrugada que se dirigía al norte.  Si no salió por la puerta principal de la casa y el patio no tenía acceso al exterior, ¿por dónde salió?

Otros dicen que el demonio, al no poder llevarse el alma del difunto, se habría llevado su cuerpo, porque cuando lo fueron a sepultar, el ataúd no pesaba casi nada. Desde entonces comenzó a correr el rumor en todo el pueblo que el finado Mañungo habría hecho pacto con el Maligno.

LOS CABALLOS NEGROS DE LA ESTACION 

Cuentan las personas de edad de Sotaquí que hace cuatro décadas atrás era muy común ser testigos de apariciones espectrales muy escalofriantes para aquellos o aquellas personas que más o menos a la hora nona caminaban por la calle Manuel Antonio Matta, o pololeaban en las inmediaciones de la estación de trenes.

Estas personas coinciden en el hecho de haber visto bajar por las escaleras de la estación a un par de caballos de color negro azabache, sudorosos y con un fuerte olor a azufre, montados por dos pequeños jinetes de negro. Afirman que los caballos bajan desembocados por las escaleras, hacia la calle Matta, haciendo sonar sus pesadas herraduras y sacando chispas en el cemento y las piedras, como si levitaran en el aire, pero muy cerca del suelo.

Agregan que ya en Matta, giran hacia la derecha, dirigiéndose a la esquina de la calle Prat, donde se pierden en un túnel de neblina o humo negro, cuyo centro es de un color rojo fuego, como si fuera un pasillo al inframundo… para luego reaparecer, casi en forma instantánea, en el sector de La Vara, en donde se hacían antiguamente las carreras a la chilena, lugar que hoy corresponde a la esquina del Estadio, en el sector de Las Cañas.
Testigo de estos hechos, la Sra. Otilia Pastén, nos narra la siguiente historia;

“En mi noche de bodas, junto Tomás (Tomás Gaona, su esposo), asistimos a una sencilla fiesta entre amigos, de la cual nos retiramos cerca de la media noche.

Al pasar frente a la estación, nos sorprendió ver bajar dos caballos negros corriendo por las escaleras del recinto. Aterrorizados, se quedamos estáticos, ya que pensamos que los caballos con tanta velocidad no pararían y que pasarían sobre nosotros arroyándonos. Nos sorprendió la agilidad de los jinetes para dominar a los caballos, los que a rienda suelta enfilaron su loca carrera por el camino viejo y entraron en profundo túnel de polvo y niebla”.


EL FANTASMA DE LA QUEBRADA PIZARRO  

Esta vieja historia data de aquellos años en que se estaba construyendo la vía férrea hacia San Marcos. Muchos de los trabajadores que laboraban en estas faenas tenían su campamento en el sector de Santa Berta, lo que hoy en día es la población de El Guindo Alto.

Por las noches, muchos de estos obreros y los habitantes del Guindo Bajo, debían caminar por el camino viejo, para encontrar en Sotaquí alguna cantina abierta que les proporcionara entretención y un buen trago. Durante el trayecto, por el sector de la Quebrada Pizarro, solía aparecérseles un horrible espanto, el que abrazaba a los peatones o se montaba en los caballos por detrás del jinete.
Corrió tanto el comentario por el pueblo, hasta que llegó a oídos de don Segundo Cortés, quien tenía fama de hombre escéptico e incrédulo, y de espantar fantasmas. Al saber del terror que sembraba este fantasma por este sector, don Segundo, decididamente, una noche montó su caballo y se enfiló hacia El Guindo. Cuando pasaba por la quebrada, detrás de una pirca saltó sobre él un bulto blanco, pero el hombre no se acobardó y con unos reflejos muy rápidos le pegó un rebencazo con su chicote. El bulto cayó al suelo, a unos metros más atrás. Don Segundo se bajó de su caballo para ver qué diablos era este espanto, encontrándose con la sorpresa que dentro unos harapos blancos, solo estaban los huesos de un esqueleto.

Don Segundo envolvió los huesos en la túnica y los llevó, esa misma noche, al cementerio parroquial para darles cristiana sepultura.

Así fue como sucedió y terminó esta historia, ya que nunca más volvió a aparecer el espanto. Pero sí don Segundo vio acrecentar su fama de valiente “espanta fantasmas”.

LA CARROZA FANTASMA  (hecho que le sucedio a don Ramón Ortiz)

Esta es una historia verdadera, extraña y enigmática, que le sucedió a mi abuelo Ramón Ortiz, y que les voy a narrar a continuación.

En Sotaquí, cerca de la quebrada Pizarro, vivía una prima de mi abuelo, de nombre Magdalena Muñoz, una mujer de pocas palabras, un poco terca y de mirada muy profunda, pero que, a pesar de esto, era una persona muy buena.
Son muchos los testigos que cuentan que ella, como muchas otras personas antiguas, acostumbraba tener en casa una calavera humana, posiblemente obtenida de la huesera del cementerio del pueblo. Tenía la convicción de que guardarla consigo le traería buena suerte y vida longeva, algo parecido a la posesión de la Virgen de Montserrat. Pero como todos nacemos y tarde o temprano debemos morir, a mi parienta, ya anciana, le llegó la hora de enfrentarse a esta cruda realidad.

Cuando ella falleció, mi abuelo, como único pariente, se hizo cargo de los funerales y ordenó a las personas que la vistieran y la pusieran en el ataúd, y que también echaran la calavera que ella tenía guardada en un viejo arcón de madera forrado en cuero.

Cuando llegó la hora de llevarla a la iglesia para celebrar el réquiem por su alma, el cortejo fúnebre salió de su casa encabezado por mi abuelo, y cuando se aprestaba a doblar en la esquina de las calles Manuel Antonio Matta y Brasil, frente a la subida del cementerio, inexplicablemente mi abuelo tomó la decisión de no llevar el cuerpo a la iglesia. Muchas personas, entre ellas mi abuela, le preguntaban el porqué de su decisión, pero mi abuelo, sin dar explicación y con una actitud extraña, ordenó porfiadamente llevarla directamente al cementerio.

Así fue como mi abuelo sepultó a su prima, pero el padre José Stegmeier, al notar el retraso del cortejo fúnebre, envió a una persona para que averiguara qué sucedía. Al volver, esta persona le comentó lo sucedido. El padre José, preocupado, fue a casa de mis tías abuelas a conversar con mi abuelo, que era su compadre; pero mi abuelo, que había caído en un profundo estado de amnesia y agotamiento, no supo responder a ninguna de sus preguntas. Visto esto, el padre José, mi abuela y otros parientes fueron al cementerio para oficiar un responso por el descanso eterno del alma de mi parienta.

Esta historia me la contó mi tía abuela Graciela Carvajal.

Más tarde, un día en que estábamos tomando onces en la casa familiar, me atreví a preguntarle a mi abuelo si la historia era cierta. Él me dijo; “Sí, es verdad, pero no te puedo dar una explicación lógica, es los más extraño que me ha sucedido en la vida.  No sé si mi prima tenía pacto con el diablo, yo no creo mucho en esas cosas; pero menos mal que mi compadre, el curita, subió al cementerio a rezarle a la pobre… Después de que harto me regañó, me hizo confesar y hasta me hizo comulgar”.

Hay historias que son de antología, dignas de destacar, y esta que les he narrado creo que es una de ellas. Porque los hechos muestran por si solos que hay situaciones que por más que les busquemos una explicación lógica, científica o paranormal, nunca sabremos por qué suceden, tal como pudo experimentarlo mi abuelo.

LA CUEVA DE LA BRUJA EN LA ESTACION DE TRENES 

Hasta hace unas tres décadas atrás, cuando aún pasaban trenes por Sotaquí, se rumoreaba que, en la estación, dentro de una cueva enclavada en la barranca que hay a la derecha de la segunda línea trenes, habitaba una vieja bruja que solía espantar a los niños y hechizar a las parejas de enamorados que acudían por las tardes y las noches a pololear por este lugar.

Se cuenta que esta bruja asustaba a los niños que seguían a las parejas con el fin de espiarlas, y que ella hacía todo tipo de espantos para correrlos, haciendo crujir los durmientes y rieles, arrojando piedras por la barranca, y ordenando al viento que sacudiera los viejos eucaliptos para que produjeran un ruido espantoso, como de fin de mundo. Fenómenos que extrañamente solo veían y escuchaban los niños.

A las parejas de enamorados las cubría con un manto de neblina para que los niños no las vieran. Pero el hechizo tenía graves consecuencias para los enamorados, porque al pasar el tiempo estos debían casarse por las tres leyes: la de brujas, la del civil y la de la iglesia.

Bibliografía

- Alex Ortiz Núñez,  Investigaciones y Archivo Personal.


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